La guerra del petróleo se dispara en el peor momento de la pandemia

La guerra del petróleo que libran Rusia y Arabia Saudí ha llegado en el peor momento para la economía global. A los efectos de la pandemia del coronavirus (COVID‑19), que ya se extiende en más de 150 países, se suma el desplome de los precios del crudo que este lunes sufrió una de sus peores caídas desde 2016. El crudo Brent —punto de referencia internacional— cayó por debajo de los 30 dólares por barril por primera vez desde 2016. Así las cosas, esta guerra petrolera complica aún más la salida económica al desafío global que enfrentamos a causa de la pandemia.

Aunque es cierto que desde el inicio del brote del coronavirus en China se sintió el impacto en los precios del crudo, el golpe definitivo ha sido la guerra entre los dos principales productores mundiales de petróleo, que son Arabia Saudita y Rusia. Según Reuters, este lunes el Brent perdió US$3,8, o un 11,2%, a US$30,05 el barril tras caer más temprano hasta US$29,52, algo que no sucedía desde enero de 2016. Detrás del desplome, no solo está la propagación del coronavirus durante el fin de semana y las medidas de los países para frenarla, sino sobre todo la falta de acuerdo entre Rusia y Arabia Saudita tras la última reunión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que defiende los intereses de los productores de crudo (3).

Desde 2016, esta organización coordina una serie de recortes de producción para mantener el equilibrio entre la oferta y la demanda de este carburante y, de esa manera, los precios del Brent entre los US$60 a US$70 por barril. Sin embargo, esta relación se interrumpió el pasado 6 de marzo cuando Rusia se opuso tajantemente a los nuevos recortes para sostener los precios internacionales del crudo ante la desaceleración económica provocada por la pandemia.

La meta era fijar un recorte de 1,5 millones de barriles diarios, lo cual requería reducir la producción mundial en torno a 3,6%. Ante la negativa rusa, Arabia Saudita —el mayor exportador de petróleo del mundo y considerado líder de la OPEP— respondió con un inesperado incremento de su producción y la aplicación de descuentos de hasta el 20%. La apuesta del gobierno saudí, así, es alcanzar una producción de 13 millones de barriles diarios principalmente a través de su petrolera estatal Saudi Aramco.

Según ha anunciado el presidente de esta compañía saudí, Amin Nasser, se podría mantener la capacidad de producción máxima de 12 millones de barriles diarios durante un año sin ningún gasto de capital adicional y podría aumentar aún más «si es necesario», aunque todavía no tiene claro cuándo podría alcanzar la meta marcada por su Gobierno. Por su parte, el presidente financiero de esta empresa, Khalid al-Dabbagh, aseguró que estaba muy cómodo con el barril de petróleo a 30 dólares.

Algunos analistas como Tarik Yousef aseguran que los saudíes «aún pueden obtener ganancias con estos bajos precios del petróleo, al menos por un tiempo». No obstante, el Fondo Monetario Internacional calcula que este país necesita que el precio del petróleo esté alrededor de los US$83 por barril para equilibrar su presupuesto estatal. De esa manera, según el banco de inversión Goldman Sachs, si los precios del petróleo promedian los US$30 por barril en los próximos dos trimestres y este país aumenta la producción en un 10 %, su déficit presupuestario podría aumentar al 12 % del PIB este año, casi el doble de su objetivo de déficit fiscal.

A esto se suma la preocupación de la OPEP y la Agencia Internacional de la Energía (AIE) que este lunes expresaron que “si las condiciones actuales del mercado continúan, los ingresos del petróleo y el gas (en países en desarrollo vulnerables) caerán entre un 50% y un 85% en 2020, alcanzando los niveles más bajos en más de dos décadas”.

Hasta el momento Rusia ha insistido en que no planea regresar a la mesa de negociación. Arabia Saudita, a su vez, parece firme en su represalia. En teoría, este país es el único que puede producir petróleo más barato y aún lograr cierta rentabilidad por un tiempo. Esto, sin duda, a un coste muy alto para la economía en el resto del mundo.

El auge del Sinn Féin anuncia el cambio para la Irlanda conservadora

A la sombra del Brexit, el pasado 8 de febrero, Irlanda celebró unas elecciones generales que rompen el bipartidismo en el poder a partir del auge de un tercer partido político: el Sinn Féin. El ascenso de este partido de izquierda —brazo político de la organización terrorista IRA durante décadas— recoge el descontento de los jóvenes y pone en pie la posibilidad de un referéndum para la reunificación de la isla.

Desde la independencia del Reino Unido en 1921, los partidos Fine Gael, de derecha demócratacristiana, y Fianna Fáil, de centroderecha, se han repartido el poder en Irlanda. Esta alternancia durante un siglo ha configurado a este país —fuertemente católico— como el más conservador de la Unión Europea. Apenas hace dos años Irlanda despenalizó el aborto, una reforma que coincide con aquellos movimientos ciudadanos que en 2015 lograron la aprobación del matrimonio igualitario en un país donde la homosexualidad era ilegal y se pagaba con cárcel hasta 1993.

Desde aquel entonces esos movimientos sociales ya anunciaban la necesidad de cambio que los jóvenes irlandeses plasmarían en estos comicios. A esto se suma el aumento de las desigualdades sociales, pese a que en los últimos nueve años del gobierno del Fine Gael la economía irlandesa ha sido una de las que más ha crecido en Europa. En efecto, según un reciente estudio de Oxfam, este país tiene 17 multimillonarios, un número “desproporcionadamente alto”, solo por detrás de Hong Kong, Chipre y Suiza en términos de la cantidad de multimillonarios en relación con su población.

Como explica el corresponsal Rory Carrol en The Guardian, “el impacto de la crisis, cuando Irlanda aceptó dócilmente la medicina de la austeridad, se siente ahora en el malestar por el aumento del coste de vida y por la insuficiencia de los servicios públicos”. “Los jóvenes que antes habían votado en referéndum sobre el aborto y el matrimonio igualitario — añade— estaban listos para algo nuevo”.

Este panorama —históricamente conservador y por mucho desigual— podría transformarse con el triunfo del Sinn Féin. Al 100% de los escrutinios, este partido político cuenta con el 24,5% de los votos, superando así al Fine Gael (20,9%) y al Fianna Fáil (22,2%). A pesar de esto, el Sinn Féin tan solo ha logrado 37 de los 160 escaños de la Cámara Baja del Parlamento irlandés, uno menos que el Fianna Fáil debido a un error estratégico en la presentación de sus candidatos.

“Es un gran cambio. Este ha dejado de ser un sistema de dos partidos. La gente quiere un tipo de gobierno diferente”, expresó la lideresa del Sinn Féin, Mary Lou McDonald, tras conocer los resultados.

El Sinn Féin ha encontrado, en ese descontento social, la oportunidad para reivindicarse dentro de la política irlandesa. A diferencia de sus oponentes electorales, quienes abogaron por el éxito económico del país y el Brexit, McDonald centró su campaña en la carencia de viviendas accesibles y los problemas de sanidad que los jóvenes irlandeses reclamaban.

A este mensaje social se añade la destreza con la cual este partido ha sabido desligarse de su pasado. Como señala El País en su editorial, “veinte años de paz y una dirección renovada han logrado cambiar la imagen de un partido que, sin embargo, sigue sin saldar cuentas ante la opinión pública por su pasado y mantiene oscuros lazos de servidumbre con el IRA”. En esta estrategia, sin lugar a duda, ha sido clave la figura de su lideresa McDonald (,) a quien, en contraste con el legendario líder del partido, Gerry Adams, no se le conocen vínculos con (el) IRA.

Gran parte del triunfo del Sinn Féin, además, viene de la posibilidad de un referéndum (para) la reunificación de la isla de Irlanda. Si bien sus promesas políticas han estado más enfocadas en las desigualdades, no cabe duda de que este partido siempre ha tenido presente dicho referéndum. Tal como argumenta The Economist en su editorial, esta histórica victoria “es una de las últimas razones para pensar que una Irlanda unida en una década es una posibilidad real que va creciendo». “Más pronto de lo que la gente espera —agrega— el momento para una Irlanda unida puede llegar a ser imparable».

Es cierto que el Sinn Féin no cuenta ahora con escaños suficientes para formar Gobierno por sí mismo, pero está claro que sus coaliciones apuntarán a que la reunificación irlandesa pueda estar más cerca de lo que muchos esperaban.

La resurrección de un partido religioso fija el voto de protesta en Perú

Tras 20 años de ausencia política, la resurrección del Frente Popular Agrícola (Frepap) en las últimas elecciones congresales en Perú ha suscitado una serie de incógnitas. Aunque el voto nulo y en blanco fueron ganadores de este proceso electoral, este partido agrario, teocrático y mesiánico ha sido el segundo más votado para conformar un nuevo Congreso de la República fragmentado. Ni las encuestas ni la prensa peruana vieron venir este resultado que no es más que el reflejo de la desafección peruana con la política –seriamente dañada por la corrupción– y del centralismo en que aún viven las élites en Lima de espalda al resto del país.

Estas elecciones legislativas –aunque excepcionales ya que los electos apenas estarán 14 meses en funciones– han puesto fin a un ciclo caracterizado por la tensión política que desde mediados de 2016 se profundizó cuando el Congreso, de mayoría opositora, bloqueó al Poder Ejecutivo y protegió a políticos investigados por corrupción, entre ellos la hija del expresidente Alberto Fujimori. En efecto, ahora los resultados de las urnas han marcado el hundimiento del fujimorismo que, como afirma El País en su editorial, “es la demostración de que los votantes han identificado sin dudas al causante de la grave crisis institucional que vivió Perú el año pasado”, la misma que llevó al presidente Martín Vizcarra a disolver el Congreso.

A pesar de esta esperada caída, el ascenso del partido ultraconservador Frepap ha sido inesperado y, como señala el politólogo Carlos Meléndez en Perú21, “ha tenido el efecto de sacudón a las élites, como el de la ola de movilizaciones de Chile y un susto telúrico del calibre de las protestas indígenas en Ecuador”.

Desde 1968, el Frepap es el brazo político de la Asociación Evangélica Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal que fusiona la Biblia con la cosmovisión andina. La última vez que tuvo representatividad parlamentaria fue en el 2000, año en que murió su profeta y fundador, Ezequiel Ataucusi, cuyos seguidores esperaron su resurrección durante tres días. Aunque Ataucusi nunca resucitó, ahora el Frepap sí lo ha hecho gracias al voto de protesta, como afirman sus propios militantes.

Sin embargo, este voto de protesta no fue previsto por los medios de comunicación y las encuestadoras. De acuerdo con el sondeo preelectoral de Ipsos, el 62% prefería votar por un candidato nuevo con el 3% de preferencia por el Frepap, un porcentaje insuficiente para pasar la valla electoral del 5%. Para el periodista Renato Cisneros en El Comercio, esto manifiesta “el peligro de pretender descifrar el país sin salir de las redes sociales y la idea elitista que muchos peruanos parecen tener del país, como si en el fondo renegaran de la diversidad que tanto se reconoce como valor de la boca para afuera”.

Esa desconexión de las élites con el resto del país preocupa, no solo por el desconocimiento de las necesidades de las zonas rurales como Ucayali, donde el Frepap arrasó con la mayoría de votos, sino porque hace posible la llegada al poder de una agrupación como esta, caracterizada por la homofobia y el menosprecio hacia la mujer. Como apunta Diego García Sayán en La República, “que un movimiento con respaldo electoral, autodefinido como “teocrático”, tenga estos signos de fanatismo, preocupa por la intolerancia que encierra y porque choca con un Estado laico”. Precisamente, el voto de protesta por el Frepap –en un país donde la votación es obligatoria– no tiene que ver con su extremismo religioso, sino con el cansancio ciudadano y las promesas de desarrollo agrario que hicieron con los lugares más pobres.

Fotografía: Rodrigo Abd/AP

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